La llamaron Benjamina, que en hebreo significa “la más querida”, porque solo el amor explica que nuestros/as antepasados/as cuidaran, acunaran y amamantaran una boca más que ni recolectaba, ni cazaba, ni pescaba.

Una historia de solidaridad que nos relata el ancestral arraigo de nuestra esencia humana.

Benjamina nació con una grave malformación fetal. Los huesos de su cráneo estaban soldados y su cerebro no podría desarrollarse en su interior.

Hace 500.000 años una discapacidad motora en un entorno duro como el de la Sierra de Atapuerca suponía una muerte segura. Sin embargo, lo increíble de su caso es que, a pesar de las extremas condiciones de vida de estos homínidos, la discapacidad de la pequeña Benjamina no fue motivo para que la abandonaran. Su tribu cuidó de ella. La alimentó, vistió y cargo en cada travesía hasta el final de sus días.

 

Hay otras historias de solidaridad ancestrales como la de Elvis, un anciano preneanderthal que caminaba encorvado, o la de Miguelón, que sufrió una terrible infección maxilar y no podía masticar. En cada una de estas la ayuda de su grupo fue vital.

En una ocasión le preguntaron a la antropóloga Margaret Mead cuál consideraba ella que fue el primer signo de civilización de la humanidad. ¿Quizá el anzuelo o la piedra de moler…? Pero no. Ella dijo que el primer signo de civilización de una cultura antigua fue un fémur que alguien se fracturó y luego apareció sanado…

Lo que ayer y hoy define nuestra especie es la capacidad de despegarnos de la naturaleza egoísta y ocuparnos del prójimo con empatía.

Emociona ver ejemplos de esta humanidad a diario; entre vecinos, en las calles, en los trabajos… Os cuento una historia actual que sucedió en una empresa con la que trabajé hace unos años.

 

Martín trabajaba en el almacén. Era reservado con sus cosas y no tomaba café con el resto en los descansos. Casi siempre aprovechaba esos minutos para llamar por teléfono.

Un buen día otro trabajador del almacén supo por un conocido en común que Martín tenía desde hacía unos meses una hija con una enfermedad grave. La atendía una cuidadora cuyos honorarios se pagaban casi por completo con el sueldo de Martín. Así que Martín estaba en una situación económica muy difícil

Los compañeros estaban decididos a ayudarle pero sabían que Martín no querría ni compartir su problema ni aceptar ayuda.

Entonces sucedió algo sorprendente, un golpe de suerte hizo que en la empresa tocara un premio de la lotería, y aunque no fue mucho dinero sí fue el suficiente para que Martín tuviera un desahogo económico durante un tiempo. Fue el mismo Martín el que, unos años después, me contó esta historia. “Qué suerte!” – le dije al escucharla. Y Martín con los ojos humedecidos me respondió: “Sí, la verdad, porque yo nunca vi el boleto”

Solidaridad. Un valor imprescindible para afrontar los retos de un mundo en el que el individualismo ya no es capaz de lograr soluciones globales