En el tejido invisible de nuestras relaciones, la validación y el reconocimiento sostienen la arquitectura de la identidad.

Desde una mirada sistémica, actúan como fuerzas distintas: una estabiliza el mundo interno y la otra impulsa la acción externa.

Validar y reconocer pueden parecer lo mismo, entenderse como sinónimos en un vistazo rápido, aun siendo dos actos distintos con efectos bien diferentes. Dos regalos, en apariencia, que pueden no percibirse como tales si llegan en el momento incorrecto.

La distinción entre validación y reconocimiento

Validación: el eco de la existencia

La validación es el acto de “hacer sitio” al otro. En la teoría sistémica, un elemento solo se integra plenamente si su realidad es permitida. No es dar la razón, sino otorgar legitimidad. Es el susurro que dice: “Tus emociones tienen sentido en tu contexto”.

Por ejemplo, si un compañero se siente abrumado, validar no es decirle que “no es para tanto”, sino decir: “Es comprensible que sientas esa presión, dado el volumen de trabajo que tienes”. Aquí, el comportamiento es la escucha activa y el mensaje transmitido es la aceptación del Ser.

Al validar, fortalecemos la pertenencia del otro. Sin validación, el individuo se siente una anomalía en el sistema (como un error de código) y tiende a ocultar sus emociones para pertenecer.

Reconocimiento: el espejo del logro

Si la validación es la raíz, el reconocimiento es el fruto. Es el proceso mediante el cual el sistema, formado por las personas del entorno, devuelve una imagen de competencia. Se dirige al Hacer: es el aplauso a la excelencia y al aporte funcional.

Siguiendo el ejemplo, imaginemos que el mismo compañero acaba de terminar un proyecto. Para hacer un reconocimiento, no debería hablarle de emociones, sino de hechos: “La precisión de tu análisis fue clave para el éxito”. Reconocer es mostrarme consciente de su modo de hacer en el proyecto y del efecto positivo que percibo derivado de sus acciones.

La tensión necesaria

Un sistema sano transita entre ambas acciones: validar y reconocer. Sin embargo, un error que cometemos a menudo es intentar “reconocer” cuando lo que se necesita es “validar”.

Por ejemplo, si alguien llora un fracaso y le decimos: “No te agobies, tú eres muy competente”, estamos ofreciendo reconocimiento (de la capacidad) cuando el sistema reclama validación (del dolor). El orden sistémico sugiere primero validar el sentir para que el individuo pueda, después, integrar el valor de su hacer.

Las personas somos parte (nodos) de una red; necesitamos que la red confirme que lo que sentimos es real y que lo que aportamos es valioso. Y cuando esto sucede, la pertenencia y la autonomía dejan de ser opuestos para convertirse en una danza armónica que nos integra desde el respeto.